Umar Jayyam: Cuartetas 1-20

غیاث الدین ابو الفتح عمر بن ابراهیم خیام نیشاپوری

1048-1131

Tras la serie de cuartetas de Baba Tâhir Uryân continuamos con otro peta persa, Umar Jayyam, astrónomo, matemático y poeta, faceta esta por la que lo traemos a la paginilla.
En la edición que poseo son 464 las cuartetas atribuidas a Umar Jayyam, unas mas fiables que otras, pero que en realidad tampoco desmerecen unas de otras su lectura.
También hemos incluidos las notas que traen algunas de las cuartetas, aclarando o dando información sobre ellas, se podan leer al final de cada entrada.
Junto con cada entrada (20 cuartetas) iremos poniendo “retales” de una alfombra fabricada -probablemente- en la ciudad iraní de Kashan a finales del siglo XVI y actualmente en el Museo Metropolitano de Nueva York.

1
Esto oí en la taberna una mañana:
«Alegres bebedores, locos jóvenes,
llenemos nuestra copa, como llena
el destino la copa de la vida».
2
Mi corazón te ha preferido a ti,
más que al alma, a los ojos que me alumbran.
Vivir, ídolo mío, es lo más grande,
pero más que a la vida te amo aún.
3
¿Quién te trae esta noche así beoda?
¿Quién te trae hasta aquí y te arranca el velo
como un rápido viento que me aviva
el fuego que en tu ausencia ardía ya?
4
Sólo pena y desdicha conocemos
en este breve mundo, y ni un enigma
se nos explica de la creación.
Morimos tristes por no saber.
5
Permítenos, jadjé, un solo deseo,
no sermonees, llévanos a Dios;
recto es nuestro camino, tú ves mal;
sana tus ojos, déjanos en paz.
6
Ven y para calmar mi corazón
dame por fin la clave de un misterio:
bebamos de esta cántara de vino,
que un día harán con nuestro polvo cántaras.
7
Cuando muera lavadme con más vino;
cantad sobre mi tumba himnos vinosos,
y al final de los tiempos me podréis
encontrar bajo el polvo de tabernas.
8
Nadie va a responderte de mañana,
alegra, pues, tu triste corazón,
bebe en tu roja copa, que la luna
girará mucho tiempo sin hallarnos.
9
Que esté siempre el amante loco y ebrio,
pues la desdicha abruma al que es juicioso;
pero una vez borrachos, deshonrados,
entonces, ¿que más da ya lo que pase?
10
¿Puede el sabio apegarse a los tesoros
ilusorios de un reino de desdichas?
Quien me llame borracho que me diga
si ve en el cielo rastro de tabernas.
11
La palabra sublime es el Corán,
pero sólo se lee de vez en cuando;
hay en cambio en las copas un versículo
de luz que se lee siempre con placer.
12
No condenes al ebrio si no bebes,
que si Dios niega el vino yo le niego;
de no beber te jactas, mas lo que haces
es cien veces peor que la embriaguez.
13
Soy bella y perfumada, mis colores
son los del tulipán, y esbelto el talle
lo mismo que un ciprés: ¿por qué en la tierra
quiso esbozarme el celestial pintor?
14
Tanto quiero beber que olor a vino
exhale de mi tumba, y que quien vaya
a visitarla ya medio embriagado
se desplome borracho ante este olor.
15
Gánate en la esperanza corazones;
en la presencia busca un fiel amigo,
que es más un corazón que cien kaabas.
Deja tu kaaba y busca un corazón.
16
Cuando el vino me alegra el corazón,
ya borracho presencio cien milagros,
y palabras más límpidas que el agua
me explican el misterio de las cosas.
17
Son un día dos pausas, date prisa
en beber, que la vida nunca vuelve;
ya que el mundo sepulta cuanto existe,
imítale y sepúltate en el vino.
18
Entregados al vino, el alma busca
los labios sonrientes de este zumo;
el frasco y nuestra copa alza el copero,
ofreciendo cuanto es puro en su sangre.
19
En un tesoro en ruinas empeñamos alma,
ropas y copa por el vino.
Henos libres de miedos y esperanzas,
libres de aire y de tierra, de agua y fuego.
20
De la fe al no creer no hay más que un soplo,
también de la certeza a tener dudas;
recorramos alegres el camino,
pues un soplo separa vida y muerte.

©  Umar Jayyam, cuartetas.
© Circulo de Lectores, Editorial.
© Museo Metropolitano de Nueva York., Imagen.

2. El poeta se dirige aquí a la Divinidad, a la que da el nombre de ídolo, y no a la mujer amada.
5. Con jadjé el poeta apela a uno de los ‘moralistas’, ‘predicadores’ musulmanes ortodoxos a quienes los verdaderos sufíes consideran hipócritas.
6. dame por fin la clave de un misterio: es decir, ‘dame una copa de vino’, porque sólo él, librándonos de las preocupaciones de este mundo, nos acerca a la Divinidad.
9. El poeta llama amante al sufí enamorado de la Divinidad. Desea que esté constantemente ebrio de este amor, a fin de que, en tal estado, completamente desligado de los afanes de este mundo, se dedique por entero a la contemplación celestial, aunque sea a costa de lo que los profanos llaman «deshonor». Hay que hacer observar que, según los sufíes, en principio el mal no existe. Según ellos, como el Creador se encuentra en todas sus obras, todas las cosas creadas llevan el sello de su poder creador, y en consecuencia nada de lo que emana de este poder puede ser malo, ya que Dios es esencialmente bueno.
10. Jayyam alude aquí a las regiones celestiales en las que vive en espíritu, y en las que la ignorancia de los profanos, que se atreven a llamarle borracho, no aciertan a encontrar rastro de tabernas.
11. En Persia las copas eran de cobre labrado y a menudo tenían debajo del borde versos en elogio del vino, versos que aquí Jayyam considera superiores a los versículos del Corán. Éste contiene la palabra de Dios, pero no está siempre ante los ojos de los creyentes, mientras que la copa de la que habla Jayyam es vista y amada sin cesar por todos los seres humanos, y es una alegoría que representa a Dios.
12. Ataque directo contra los mullas, en los países musulmanes ‘doctores de la Ley’.
13. Los escritores sufíes hablan de Dios como de un pintor divino que con el pincel en la mano ha pintado en su eternidad todas las criaturas del universo.
15. Los sufíes han de pasar por dos grados inferiores antes de alcanzar la beatitud divina, a la que llaman presencia, en la que se les revelarán los misterios y gozarán de la presencia de la Divinidad. En persa el número cien sugiere un número indefinido, y equivale a ‘innumerable’, ‘incalculable’. El Corán recomienda la peregrinación a La Meca, pero los sufíes sienten por este precepto una indiferencia total, como por otra parte por todas las formas exteriores y las ceremonias del culto revelado. Si le es posible, todo verdadero creyente está obligado a emprender este viaje. La Kaaba es el santuario del templo donde se encuentra la célebre piedra negra que todos los peregrinos besan religiosamente. Los musulmanes la consideran como una piedra preciosa del paraíso, caída del cielo a la tierra con Adán. Según los sufíes, los doctores del islamismo están en un grave error cuando afirman que la Kaaba, obra de los hombres, es la casa de Dios; la casa de Dios, añaden, es el corazón de los humanos, que es obra de Dios, allí es donde hay que buscarlo y donde se le encuentra. Es, pues, más provechoso ganarse el afecto del corazón de un santo doctor sufí, iniciado en los secretos del Todopoderoso, que emprender el viaje a La Meca.
17. dos pausas significan ‘los movimientos de aspiración y expiración que se efectúan al respirar’; es decir, un instante, un momento muy corto durante el cual tal vez termine nuestra efímera existencia; sepultarse en el vino es un giro persa que significa ‘estar sumido en la embriaguez’.
18. El poeta compara el vino que desborda de la copa con los labios rojos de la joven beldad que sonríe a su enamorado. Hay que tener en cuenta que en persa hay una sola palabra para decir ‘labio’ y ‘borde’. En el último verso, donde traducimos sangre, el texto dice alma, pero la idea del poeta se expresa mejor de este modo.
19. El tesoro en ruinas es la taberna, porque las tabernas persas suelen ser barracas de apariencia muy ruin; empeñar el alma significa ‘renunciar para siempre a la vida eterna’, tal como se describe en el Corán, que prohíbe tajantemente las bebidas alcohólicas y los juegos de azar, bajo pena de infierno. Los sufíes niegan la doctrina de las recompensas y de las penas futuras, considerándola incompatible con la reabsorción del alma por la esencia divina y con su creencia en la predestinación. El poeta viene a decir que, cuando bebemos vino, nos encontramos en regiones que están por encima de la esfera terrestre, habitamos el pensamiento puro y por lo tanto ya no formamos parte de los cuatro elementos.

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