Las flores del mes

Ramón Irigoyen

(Homenaje a Luis Buñuel por la primavera de su Viridiana)

I

Mucho me temo que me he de morir
sin el placer de haber asesinado a alguien.
En el mejor de los casos me suicidaré:
y puede ser que ni siquiera a esta pequeña audacia me atreva.

Escribo esto en un hermoso día de sol
y bastante enamorado (y correspondido) de dos frescas amantes.
¿Os imagináis mis elucubraciones cuando empiece a nevar
y al amor tenga que declararlo prófugo.
Reconozco que tengo alma de mal agüero.

El mal agüero arranca de mi vida fetal.
Yo tuve mucha prisa por nacer.
Sé con seguridad —un tanto incierta—
que nací, como diría un romántico,
de ocho escasas lunas melladas,
Y con esos comienzos
uno a lo más puede nacer agonizante.

Clarividente como una luciérnaga
mi hermano gemelo prefirió nacer muerto.
Pero me hizo tanto bien con su dulce contacto
que a veces pienso que él no quiso morirse
sino que el que lo ahogó fui yo.
Y digo esto no por complejo de Caín o para impresionar
sino porque le quise mucho
y el amor —por lo menos el mío—
siempre ha desembocado en la aniquilación.
(No hay que hacer caso
de esta torpísima generalización).

En nuestro abrazo de estival brisa marina, hermanito de seda
se me empezó a desarrollar el tacto.
A tus abrazos debo;
que hasta el más leve roce lo perciba hoy.

Hermanito de musgo, sol y arena,
perdona o, tal vez, agradéceme la asfixia
de aquel amor a muerte entre los dos.
Tu me acostumbraste al horno de la compañía
y a esta necesidad furiosa de besar.

En aquellos meses de cariño a oscuras
se me debió de fraguar el cóctel
de pánico, lujuria y satanismo
que me envenena y quizás salva
y que después estimulado por la idiotez humana
por mi fervorosa lectura del marqués de Sade
me puso al borde de matar.

II

“Matar, y nada más: es el orgasmo de Dios”,
me dictaba este marqués
—que, por cierto, era solo conde—,
“el crimen es la higiene integral”.
Pero nos asedia tal batallón de jueces
y nuestros instintos aman tanto las impurezas
y hasta la suciedad
que casi todos nos morimos sin conocer la ducha.

Sólo una vez intenté asesinar.
Y fracasé: aquella amante aún sigue viva.
Lo hice por cansancio, lujuria y deseo de mal.
En el último instante su voz me desarmó:
— ¡Cabrón, me quieres matar!
Me contagió el miedo de sus labios
y claudiqué asintiendo:
Sí, te quiero, te quiero matar!
Y tiré la navaja que nos pudo salvar.
(Y soltó un juramento el conde de Sade).

El amor de los dioses
busca su ruina en el placer.
No lo hice
ni queriendo ni sin querer.
Sólo se mata —o no se mata—
por necesidad, señor juez.
(Pero un señor tan decente
no puede creer en el azar.)

Y desde aquel fracaso del que tantome alegro
dicen que los mendigos cantan,
las nubes se levantan
y yo sigo mi ruta atado a un perro
como un carro que nunca comió arroz,
Y yo sigo mi ruta atado a un perro
como un carro que nunca comió arroz.

En el arroz sin leche de mi adolescencia
fui tan consecuente con mis principios católicos
que la Virgen me premió mi continencia con una ulcera de duodeno.

Pero estrangule a Dios y desde entonces
no he vuelto a estar enfermo.
Liquidé lacerrilidad de mi castidad.
Y el día que me unté la cara con sangre de menstruo
comprendí por qué los poetas epicúreos
siempre terminan jugando al tute con la prima Vera.

Sólo he tenido maestros idiotas:
doscientos papas y el divino Conde de Sade.

© Ramón Irigoyen, poema.
© Visor, editoral.
© Agus Suwage, imagen

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