La gloria y la nobleza se recobran cuando te curas

Al-Mutanabbi
أبو الطيب أحمد بن الحسين المتنبّي

basit
A Sayf al-Dawla, con motivo de su recuperación

La gloria y la nobleza se recobran y pasa de ti el dolor
a tus enemigos, cuando te curas.

Han sanado contigo las algaras, por ello se congratulan
las nobles acciones, y se derrama una abundante lluvia*.

Regresó al sol una luz que lo abandonara, como
si para su cuerpo, su pérdida enfermedad fuera.

Y en las mejillas de un rey se me mostró tu brillo,
como lluvia que sólo fluye cuando sonríe.

Se le da el nombre de Espada**, y no porque haya
semejanza, pues, ¿qué parecido habría entre el servido y el que sirve?

Los árabes no tienen par en este mundo por su linaje,
mas gozan de sus bondades extranjeros y árabes.

Dios ha reservado al Islam su victoria, aunque
compartan Su Gracia las naciones.

No solo a tí me refier al felicitarte por la salud
recobrada, pues si tú no estás, las gentes todas están incolumes.

© Al-Mutanabbi, poema.
© Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, editorial.
© Adrián Ghenie, imagen.

*La lluvia aparece como símbolo de la generosidad.
**Juego de palabras con el nombre del príncipe.

Danos tu Paz

Álvaro de Campos

Danos Tu paz,
falso Dios Cristiano, pero consolador, por cuanto todos
nacen a la emoción a ti rezada;
Dios anticientífico, pero que nos enseña nuestra madre;
Dios absurdo de la verdad absurda, pero que posee la verdad de las lagrimas
en las horas de flaqueza en que sentimos que vamos pasando
como el humo y la nube, y la emoción no quiere,
como el rastro en la tierra, pero es sensible el alma…

Danos Tu paz aunque no existieras nunca,
tu paz en este mundo que crees Tuyo,
tu paz imposible, tan posible a la Tierra,
gran madre pagana, cristiana en nosotros, aquí, a esta hora,
y que quizá sea humana en todo cuanto haya de humano en nosotros.

Danos ahora paz como brisa saliendo,
o lluvia para la que en las provincias se hacen rogativas,
y en todo caso, tranquilizadoramente, llueve al fin por leyes naturales.

Danos, danos la paz, porque por ella continúe y regrese
nuestro cansado espíritu al trastero, o al cuarto de costura,
en donde está la cuna, inútil y arrumbada en el rincón, no la madre que mece,
donde, en la vieja cómoda, todavía se guarda, abandonada, la ropa de la infancia,
con el poder de engañar con los sueños la vida…

Danos tu paz.
El mundo es confuso e incierto.
El pensamiento no llega a ninguna parte de la Tierra,
como el brazo no alcanza más de lo que puede contener la mano
como la mirada no atraviesa los muros de sombra,
el corazón no sabe desear aquello que desea,
y la vida yerra, yerra constantemente el camino a la Vida.

Danos, Señor, la paz, ya seas Buda o Cristo,
danos la paz y admite
en valles olvidados por pastores ignotos,
en helados pináculos de eremitas perdidos,
en calles transversales de los barrios extremos de las ciudades,
la paz que es de los que no conocen y además olvidan sin querer.

Aquella paz materna que adormezca la tierra,
en el hogar, durmiente, mas sin filosofías,
memoria de los cuentos sin la vida de afuera,
canción de cuna que vuelve entre la memoria sin futuro,
calor, el ama, el niño,
el niño que se va ahora a acostar,
y el sentido inútil de la vida,
el antiguo corvo de las cosas,
el dolor sin fondo de la tierra, los hombres, los destinos,
y del mundo…

© Fernando Pessoa, poema.
© Abada editores, editoral.
© Ulla Rantanen, imagen

V. Aventura

Paloma Palao

La mano desdibuja el sentido y el gesto del amor
interrumpe el silencio. La naturaleza alcanza
la plenitud de la tristeza y amordaza el temor
que se inicia en la sombra. Somos la necesidad
de presentirnos y no alcanza la mano a tocar
el vacío. Las monedas robaron el valor
de la imagen y el dinero nos volvió a la codicia.
Triunfar es consagrar nuestra plenitud
en el tiempo y ofrecer la duda
a la posibilidad del desengaño. Nadie triunfa
frente a sí mismo, si no agota
la última posibilidad del encuentro. Se vuelve
a la quietud con la misma añoranza, con que se consagró
la voluptuosidad de la existencia. Desordenamos
el placer y no volvió a vencernos. Dentro del corazón
el mal pregunta por la inutilidad de la razón
y avanzamos en la oscuridad, como sonríe
un ciego frente al dolor, sin conocer el eje,
ni la dimensión de su causa, pero sabiendo,
que el dolor se ejecuta en la luz, multiplicándose
en la oscuridad, más allá de la realidad
y de la pasión de la nostalgia.

© Paloma Palao, poema.
© Torremozas, editoral.
© Tomasz Tatarczyk, imagen

Tecnología

Kirmen Uribe

Mi abuelo no sabía leer, tampoco
sabía escribir. Sin embargo, era conocido

por las historias que contaba. Él encendía,
rodeado de críos, las fogatas de San Juan.

La caligrafía de mi padre era inclinada, elegante.
Tejía el papel con precisión,

como si esculpiera sobre la pizarra.
Todavía tengo la postal que envió desde la mili:
«Yo bien, tú bien,
mándame cien».

Nosotros mandamos
mensajes electrónicos.

Es cierto: en tres generaciones hemos recorrido
un largo trecho en la historia de la escritura.

De todas formas, las preocupaciones, los miedos
son los mismos de siempre, y lo seguirán siendo:

«Yo bien, tú bien…».

Teknologia

Aitonak ez zekien irakurtzen,
ez zekien idazten. Hala ere kontalari

ezaguna zen herrian. Berak pizten zituen,
haurrez inguraturik, sanjuan suak.

Aitaren kaligrafia etzana zen, jantzia.
Doiki ehuntzen zuen papera,

arbela zizelatuko balu bezala.
Mahaian dut soldaduzkatik igorritako póstala.

«Yo bien, tú bien
mándame cien.»

Gure sasoian mezu elektronikoak
bidaltzen dizkiogu elkarri.

Hiru belaunalditan, egia da,
idazketaren historia luzea igaro dugu.

Dona den, hezkak, beldurrak
beti-betikoak dirá, eta izango.

«Yo bien, tú bien…»

© Kirmen Uribe, poema.
© Pamiela etxea, editorial.
© Agustín Ibarrola, imagen.

La partida

Názik Al-Malaika
نازك الملائكة

Adiós a todos los dolores y penas
de este mundo inteligente e intenso,

fuisteis tragedia en mi ficticio corazón,
y mañana seréis el secreto de mi vida.

Os amaré, oh lágrimas y tristezas mías
mientras siga en esta hermosa existencia.

Acompañadme en este mundo ya esté viva
o cuando llegue la hora de mi partida.

Pero, vida mía, en esta tierra,
vive al capricho del tiempo.

Iza aquella vela y navega
y canta como pidan las melodías.

Y si, algún día, sopla el viento de la muerte,
y la mano del juicio agita la vela,

sonríe a las olas con los ojos cerrados
y di: «Adiós, oh canciones mías»

Así llega el barco, oh poeta de la pena,
a su eterna costa,

a aquella costa velada y ambigua, la costa de la muerte
la costa de los secretos y la inspiración.

© Názik Al-Malaika, poema.
© Ediciones del oriente y del Mediterráneo, editorial.
© Víctor M. Alonso, imagen.